La importancia de la formación (o autoformación) – PARTE II

Lo primero que tenías que memorizar al entrar a la empresa era la codificación de las ofertas. Me explico: las ofertas de los clientes se apuntaban en una tarjeta. Pero para evitar miradas indiscretas y que en la sala de compras algún cliente pueda ver lo que otros han ofertado, en vez de números usábamos letras. Cada letra es un número. Parece fácil, pero cuando a veces te iban cantando ofertas a una velocidad alta, la cosa se complica, y no te puedes equivocar al escribirlo como es obvio.

Mi relación con los judíos siempre fue buena. Bueno, pongamos que al principio cordial. Con los ortodoxos, los que van totalmente de negro con la kippah (el sombrero de ala ancha) y los típicos tirabuzones o las peiot, era mejor no tener mucha relación. Son una sociedad cerrada y bastante desconfiada diría yo, y era evidente su intención de no entablar ninguna conversación conmigo, más allá de irme cantando sus ofertas. Por lo general, siempre venían en parejas, con otro hermano o primo o con uno de sus hijos. Hay que perpetuar el negocio.

Pero luego estaban el resto, judíos conservadores o reformistas, con ideas más liberales y abiertos al resto de la humanidad. Y fue con ellos con los que verdaderamente aprendí. Al principio me fijaba en como estudiaban los diamantes y manejaban los aparatos. La rapidez y precisión con la que identifican el color de un diamante, o ven un tratamiento por láser dentro de uno de ellos. Si uno miraba todas las ofertas dadas por un diamante, en el 80% de los casos eran idénticas. Todos ellos establecían los mismos parámetros de calidad. Son como máquinas en lo suyo.

Cuando vieron mi cara unas cuantas veces, se relajaron (y yo también) y si tenía alguna pregunta sobre la oferta dada, me explicaban la razón y la situación del mercado. Otras veces, si eran ellos los que tenían dudas sobre un diamante, me preguntaban mi opinión. La política de la empresa era no darles ningún tipo de información, pero todos los compradores allí lo hacíamos. Si tu les ayudabas, ellos te formaban. Negociadores puros. Nunca dar sin recibir algo a cambio, eso lo aprendí bien con ellos también. Y para mi era un honor que contaran con mi opinión, al final eran ellos los que ponían miles de dólares en juego y a nadie le gusta perder dinero.

En los últimos dos meses, a muchos de ellos los fui a visitar fuera de nuestras oficinas, en lo que se conoce como La Torre de los Diamantes, el World Diamond Tower situado en el 580 de la Quinta Avenida. Entrar allí era como entrar en una máquina del tiempo, al recorrer los pasillos llenos de despachos-búnker, sin apenas luz, parece que todo el bullicio de Manhattan se parara. A algunos clientes de piezas de firma, los visite en sus tiendas de la 47, en pleno Distrito de los Diamantes, donde algunas de las mejores piezas del planeta se agolpan en las vitrinas como si fueran verdura. Es toda una experiencia que recomiendo a cualquiera que visite NY, y en especial al que quiera dedicarse al mundo de las joyas.

Todo esto, recorrer calles y ver escaparates, o acudir a las subastas de Christie’s y Sotheby’s es también formación. Autoformación. Y memorizar precios de venta o precios de remate, o retener en la mente colores de piedras como esmeraldas o rubíes de la mejor calidad. Eso no se olvida nunca y luego ayuda a la hora de tasar una pieza. Y preguntar, aunque cueste de obtener una respuesta. Y leer libros que son fundamentales en mi opinión, como Understanding Jewellery de David Bennet y Daniela Mascetti, Los Diamantes de Harry Winston de la editorial Rizzoli o el libro sobre Bulgari de Vincent Meylan. O los catálogos de subasta, que se pueden adquirir por internet.

Yo tuve la suerte de poder vivir esta experiencia de primera mano. Pero la autoformación es la clave de todo, es sinónimo de ganas de aprender y de mejorar. Y al final, quien la sigue la consigue.

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